El abeto balsámico ostenta la distribución más extensa de todas las especies del género Abies en Norteamérica, extendiéndose desde Labrador hasta Alberta (lo que lo convierte en el único abeto nativo del este de Canadá) y hacia el sur hasta Pensilvania. Este árbol no se adapta idealmente a los veranos calurosos y húmedos del sur de la zona 5, ya que proviene de ambientes más fríos. Crece mejor a pleno sol y requiere un suelo ácido, húmedo y bien drenado. Al triturarse, sus agujas emiten un agradable aroma, y tanto su corteza como sus conos son ricos en savia, lo que se refleja en sus nombres comunes y científicos. El árbol tiene una forma simétrica y estrecha que se asemeja a una pirámide o un cono, rematado con una copa en forma de aguja. Una característica distintiva de los abetos es que sus conos crecen erguidos en las ramas. Gracias a su atractiva forma y a su capacidad para retener las agujas durante un período prolongado, el abeto balsámico es una opción predilecta para árboles de Navidad. Su follaje perenne aporta estructura al paisaje y un atractivo visual durante los meses de invierno. Sin embargo, no tolera bien el calor ni los suelos arcillosos pesados. En cuanto a plagas y enfermedades, el abeto balsámico es relativamente resistente. Entre las posibles amenazas se encuentran los pulgones lanígeros, los escarabajos de la corteza, los gusanos de los brotes de la picea, los pulgones, los gusanos de bolsa y las cochinillas. Con el calor, también pueden aparecer ácaros. Pueden surgir enfermedades como cancros, podredumbre del corazón, podredumbre de la raíz, roya de las agujas y tizón de las ramas. Además, estos árboles son sensibles a la contaminación urbana.