La salvia pertenece a la familia de la menta y abarca una amplia gama de especies y cultivares, mostrando una gran diversidad. Típicamente, crece como un pequeño arbusto erguido, que alcanza alturas de 30 a 90 cm. En cuanto a las hojas, existe una considerable variación. Generalmente, se disponen de forma opuesta y en un patrón decusado. Algunas hojas son lisas y rugosas, mientras que otras son suaves y peludas. La mayoría de las hojas presentan un borde dentado y un patrón reticulado, lo que permite ver fácilmente las venas del envés. La forma y la textura de las hojas pueden variar considerablemente. Las flores de la salvia destacan especialmente por su vibrante color de finales de temporada. Forman inflorescencias terminales caracterizadas por un cáliz en forma de tulipán y una corola bilabiada con simetría zigomorfa. Las plantas de salvia tienen tallos cuadrados, una característica distintiva. En cuanto a las plagas, pueden verse afectadas por mosca blanca, pulgones, cochinillas y ácaros. Además, son susceptibles a diversas enfermedades, como la roya, el oídio, la podredumbre del tallo y las manchas foliares causadas por hongos. El nombre "Salvia" deriva del latín "salvo", que significa "yo salvo", lo que alude a las propiedades medicinales de la planta.